La publicación de un tratado general de ajedrez, informado por un criterio moderno y de acuerdo con los grandes progresos que en los últimos decenios ha realizado la teoría del juego, era, hace tiempo, uno de nuestros más firmes propósitos. Diversas razones nos han llevado a postergarlo de año en año, y quizá estas postergaciones hubieran seguido indefinidamente si, en estos últimos tiempos, no se nos hubiese expresado, en repetidas ocasiones, interés por una obra de este género. Los aficionados principiantes, sobre todo, encuentran dificultades en perfeccionar sus conocimientos por la reducida bibliografía que en castellano ofrece nuestro hermoso juego. En el sinnúmero de ocasiones en que se nos ha consultado, hemos indicado el notable trabajo del señor Plaucie Luceana "Manueal de Ajedrez", obra que es seguramente, la más completa que tenemos en castellano y superior, para el principiante, al mayor número de obras similares extranjeras. Pero sea el afán de novedades, o lo que sea, se estimaba -- y entre nosotors es casi sentir general -- que la evolución de la técnica, la contribución de Capablanca, de los maestros hipermodernos y de los nuevos teóricos, hacían necesaria una obra nueva.
Estas razones, tantas y tantas veces escuchadas, hicieron revivir aqueel viejo propósito nuestro y nos llevaron a componer este nuevo tratado general de ajedrez. En él nos proponemos exponer cuanto sabemos acerca del juego, desde lo más elemental a lo más complejo y desde las generalidades a los detalles. Si este libro satisface las necesidades de nuestros aficionados, es cosa que decidirá el lector.
Debemes confesar que una vez puestos en la tarea de componer un libro que enseñase a jugar al ajedrez, encontramos las mayores dificultades, no ya en la exposición de la materia, sino en el método. Porque nuestro propósito era que nuestra obra fuese esencialmente didáctica, bien clara y explicativa, y el ajedrez se aprende en condiciones especiales, en forma más o menos autodidacta, por lo que el tratadista de ajedrez no puede moverse con la libertad de un tratadista de medicina o de química, por ejemplo, que cuenta siempre con el profesor que, como intermediario entre el libro y el alumno, aclarará el sentido, ilustrará los puntos oscuros y guiará al estudiante según sus particulares necesidades. Era necesario exponer nuestro asunto de tal manera que el aficionado, reducido a sus propias fuerzas o actuando en círculos de aficionados sin mayores conocimientos, comprendiese claramente los principios y pudiese darles forma en sus partidas. El métedo didáctico que poqr estas consideraciones hemos escogido tiene reminiscencias de la enseñanza por correspendencia. Es decir, que es de una tendencia eminentemente práctica. Porque hemos creído que no basta con enunciar los principios, sino que es necesario ilustralos ampliamente con ejemplo y poner, finalmente, al aficionado en situación que deba, por sí mismo, descubrirlos y aplicarlos familiarizándose con su manejo.
Ésta es una de las novedades que presenta nuestro Tratado General de Ajedrez..
Esta forma práctica de exposición pensamos aplicarla, no ya a los principios rudimentales, sino también a los más sutiles principios estratégicos. Pretendemos orientar nuestro trabajo según fines didácticos que coadunen la exposición puramente racional con la aclaración intuitiva más abundante y eficaz. El fin de todo eso es lograr que los principios de estrategia no sean para el aficionado mero conocimiento intelectual, sino que se incorporen rápidamente a su estructura ajedrecística y se hagan normas tácticas de su juego.
Este primer libro que presentamos es muy elemental. Tras explicar las convenciones del juego y el movimiento de las piezas, trata de desarrollar la visión del principiante. Se mueve, pues, en terrenos previos a toda estrategia.
El ajedrez se considera en él desde el punto de vista subjetivo, y se pretende desarrollar en el aficionado la capacidad de combinar jugadas, concebir fines y analizar el juego. Se trata de formar los rudimentos del órgano ajedrecístico. Pero todo esto se realiza dentro de un círculo de partidas de orden inferior, partidas cuyo esquema es muy simple, y que serán muy valiosas para el que se inicia, porque a través de ellas se formará un concepto claro y vívido del juego. Ciertamente tiende también a formar ciertas ideas erróneas que pueden dificultar su ulterior progreso; pero fácil sera trascender esos errores. Lo esencial es colaborar para que el que aprende pueda fijar con acierto su experiencia elemental, para así poder asentar sobre firme las experiencias más sutiles. De ahí que al afrontar los rudimentos del juego, hayamos creído necesario no sólo exponer objetivamente lo rudimental en el juego, sino también preparar rudimentariamente el órgano subjetivo del ajedrecista.
Con esto se ha dicho que este libro primero de nuestro TRatado General de Ajedrez se dedica especialmente a los aficionados que quieren iniciarse en el movimiento de las piezas.
Si logra ser eficaz colaborador en sus primeros progresos, su fin habrá sido cumplido y nos consideraremos satisfechos, pues habremos preparado el camino para las enseñanzas superiores que emprendemos en los siguientes volúmenes.
La publicación de un tratado general de ajedrez, informado por un criterio moderno y de acuerdo con los grandes progresos que en los últimos decenios ha realizado la teoría del juego, era, hace tiempo, uno de nuestros más firmes propósitos. Diversas razones nos han llevado a postergarlo de año en año, y quizá estas postergaciones hubieran seguido indefinidamente si, en estos últimos tiempos, no se nos hubiese expresado, en repetidas ocasiones, interés por una obra de este género. Los aficionados principiantes, sobre todo, encuentran dificultades en perfeccionar sus conocimientos por la reducida bibliografía que en castellano ofrece nuestro hermoso juego. En el sinnúmero de ocasiones en que se nos ha consultado, hemos indicado el notable trabajo del señor Plaucie Luceana "Manueal de Ajedrez", obra que es seguramente, la más completa que tenemos en castellano y superior, para el principiante, al mayor número de obras similares extranjeras. Pero sea el afán de novedades, o lo que sea, se estimaba -- y entre nosotors es casi sentir general -- que la evolución de la técnica, la contribución de Capablanca, de los maestros hipermodernos y de los nuevos teóricos, hacían necesaria una obra nueva.
Estas razones, tantas y tantas veces escuchadas, hicieron revivir aqueel viejo propósito nuestro y nos llevaron a componer este nuevo tratado general de ajedrez. En él nos proponemos exponer cuanto sabemos acerca del juego, desde lo más elemental a lo más complejo y desde las generalidades a los detalles. Si este libro satisface las necesidades de nuestros aficionados, es cosa que decidirá el lector.
Debemes confesar que una vez puestos en la tarea de componer un libro que enseñase a jugar al ajedrez, encontramos las mayores dificultades, no ya en la exposición de la materia, sino en el método. Porque nuestro propósito era que nuestra obra fuese esencialmente didáctica, bien clara y explicativa, y el ajedrez se aprende en condiciones especiales, en forma más o menos autodidacta, por lo que el tratadista de ajedrez no puede moverse con la libertad de un tratadista de medicina o de química, por ejemplo, que cuenta siempre con el profesor que, como intermediario entre el libro y el alumno, aclarará el sentido, ilustrará los puntos oscuros y guiará al estudiante según sus particulares necesidades. Era necesario exponer nuestro asunto de tal manera que el aficionado, reducido a sus propias fuerzas o actuando en círculos de aficionados sin mayores conocimientos, comprendiese claramente los principios y pudiese darles forma en sus partidas. El métedo didáctico que poqr estas consideraciones hemos escogido tiene reminiscencias de la enseñanza por correspendencia. Es decir, que es de una tendencia eminentemente práctica. Porque hemos creído que no basta con enunciar los principios, sino que es necesario ilustralos ampliamente con ejemplo y poner, finalmente, al aficionado en situación que deba, por sí mismo, descubrirlos y aplicarlos familiarizándose con su manejo.
Ésta es una de las novedades que presenta nuestro Tratado General de Ajedrez..
Esta forma práctica de exposición pensamos aplicarla, no ya a los principios rudimentales, sino también a los más sutiles principios estratégicos. Pretendemos orientar nuestro trabajo según fines didácticos que coadunen la exposición puramente racional con la aclaración intuitiva más abundante y eficaz. El fin de todo eso es lograr que los principios de estrategia no sean para el aficionado mero conocimiento intelectual, sino que se incorporen rápidamente a su estructura ajedrecística y se hagan normas tácticas de su juego.
Este primer libro que presentamos es muy elemental. Tras explicar las convenciones del juego y el movimiento de las piezas, trata de desarrollar la visión del principiante. Se mueve, pues, en terrenos previos a toda estrategia.
El ajedrez se considera en él desde el punto de vista subjetivo, y se pretende desarrollar en el aficionado la capacidad de combinar jugadas, concebir fines y analizar el juego. Se trata de formar los rudimentos del órgano ajedrecístico. Pero todo esto se realiza dentro de un círculo de partidas de orden inferior, partidas cuyo esquema es muy simple, y que serán muy valiosas para el que se inicia, porque a través de ellas se formará un concepto claro y vívido del juego. Ciertamente tiende también a formar ciertas ideas erróneas que pueden dificultar su ulterior progreso; pero fácil sera trascender esos errores. Lo esencial es colaborar para que el que aprende pueda fijar con acierto su experiencia elemental, para así poder asentar sobre firme las experiencias más sutiles. De ahí que al afrontar los rudimentos del juego, hayamos creído necesario no sólo exponer objetivamente lo rudimental en el juego, sino también preparar rudimentariamente el órgano subjetivo del ajedrecista.
Con esto se ha dicho que este libro primero de nuestro TRatado General de Ajedrez se dedica especialmente a los aficionados que quieren iniciarse en el movimiento de las piezas.
Si logra ser eficaz colaborador en sus primeros progresos, su fin habrá sido cumplido y nos consideraremos satisfechos, pues habremos preparado el camino para las enseñanzas superiores que emprendemos en los siguientes volúmenes.
ROBERTO G. GRAU